El Arte de Raphael Collazo: Ruptura y Reconciliación

Nilda M. Peraza, 1994

Exhibición


Esta exposición de la obra del artista Raphael Collazo no es una retrospectiva típica o tradicional. Es la trayectoria evolutiva de un artista en su momento dado de su carrera, es una "mirada retrospectiva" a su producción artística, a su tránsito por la vida y a la búsqueda de una voz propia emprendida por un joven pintor que no se encuentra ya entre nosotros pero que nos ha dejado un gran legado para nuestra apreciación y disfrute.

Hace unos seis (6) años que tuve el privilegio de escribir la introducción para una exposición de Raphael Collazo en el Museo de Arte Contemporáneo Hispanoamericano "MOCHA", exposición que por trágicas circunstancias se convirtió en un homenaje póstumo a este talentoso artista. Fue allá en el año 1989 que conocí a Raphael, cuando, en uno de sus tantos recorridos por museos y galerías, buscaba la oportunidad de mostrar su trabajo y conseguir una exposición. Ese encuentro fortuito con Raphael Collazo, el artista puertorriqueño residiendo en Nueva York, fue afortunado para ambos: para Collazo, por encontrar la sala que le brindaría su ansiada exposición, y para nosotros, los que colaborábamos con MOCHA, por ubicarnos en el umbral de un nuevo descubrimiento artístico.

Este encuentro significó un giro importante. Sobrecogida por la calidad y dominio pictórico que desplegaban las obras en las diapositivas que mostró Collazo, invité a los curadores de MOCHA para que las miraran conmigo y, a la vez, conocieran a su autor. Estábamos todos sorprendidos, pues creíamos conocer a la gran mayoría de los puertorriqueños artistas en la ciudad, y que se nos hubiese quedado fuera, particularmente, un pintor de la calidad y el dominio plástico de Raphael Collazo, nos tenía consternados. Más sorprendente aún era el hecho de que fuera un desconocido o como decimos en este campo: estuviese sin descubrir.

La reacción de los curadores no se dejó esperar y éstos, con sus expresiones faciales, me indicaban que al fin estábamos frente a un nuevo talento latino para el ámbito artístico de Nueva York. Collazo era ese artista... casi de inmediato se le consideró para una exposición individual durante la temporada del 1990.

Es, precisamente, durante ese período que el equipo curatorial de MOCHA estaba a la búsqueda de nuevo talento. Se tenía el interés de mostrar artistas puertorriqueños que no estuvieran dentro de movimientos o expresiones de carácter político o de comentario social pero que pudieran impactar el ámbito plástico de la ciudad de Nueva York.

Este fue un pintor que definió y vinculó su visión de arte, fuertemente enraizada en la tradición, con una visión personal muy específica y provista de una fuerte densidad expresiva, en un proceso donde la pluralidad de recursos, a base de texturas discordantes, colores brillantes, ensamblajes, pinceladas rápidas y trazos inacabados, sostiene en equilibrio su intuición y la unidad de la pintura. En una de sus primeras series, Rococo, nos mostró lo más característico de su genio creador en una pintura de gran sensibilidad estética [Goodbye Rococo] condicionada por un entorno estático y a la vez expresivo. Collazo tenía un sentido único y auténtico del arte que lo llevaba, por una parte, a darle rienda suelta a su tendencia gestual y espontánea y por otra, a su pasión predominante por el color. De ahí parte el interés de nuestros curadores en MOCHA por ofrecerle, inmediatamente, una exposición.

Desde ese momento comenzamos el diálogo con Raphael y el estudio y la investigación de su producción. Cada vez nos convencíamos más de que la calidad y la madurez estilística de su obra le auguraba, fuera de toda duda, un exitoso futuro. Sólo necesitaba que se mostrara al mundo. No es que Raphael al llegar a MOCHA no tuviera logros a su haber, pues contaba ya con una gran galería, hecho con el cual sueña todo artista. Este logro, después de incursionar por las galerías de Nueva York, se debió a Rosemary Cohane Erpf, propietaria de Rosemary Erpf Gallery, quien lo incluyó entre sus artistas, hecho que le habría de abrir las puertas a un número de importantes coleccionistas que comenzaron a adquirir sus cuadros. Sin embargo, necesitaba ampliar su círculo y su historial profesional, consolidar su trayectoria y reconocimiento. Nos comprometimos, junto a Rosemary Erpf, a dar los primeros pasos en esa dirección.

Nos sorprendió su repentina enfermedad y su muerte casi inmediata. Y la exposición individual que lanzaría su carrera se convirtió en un homenaje póstumo a un artista joven pero de gran promesa, que aunque desconocido en cierta medida, era un talento que todos deberíamos conocer. Fue en estas circunstancias que en la primavera del 1990, se presentó la exposición que él mismo, conociendo su condición, tituló, Healing Garden.

La obra que perfila esta exposición reveladora de su mundo subjetivo, es parte de su producción más característica, basada en el dinamismo del gesto vital acentuado por líneas rítmicas entrelazando el espacio, conciliando las imágenes con el valor expresivo de la superficie pictórica, donde la unidad del cuadro se configura como una unidad de energía transmitida, con vehemencia, al lienzo.

La muestra recogió unos 15 años de trabajo, desde sus primeras y significativas obras hasta las pinturas de recientísima ejecución, las cuales realizó en las postrimerías de su corta vida. La exposición se convirtió en un muestrario de la capacidad productiva, del dominio técnico y de la madurez estética y visionaria que evidencia su legado. Los temas procedían de sus realidades, de su entorno: paisajes, alusiones al arte, al tema religioso, a la vivencia de lo puertorriqueño en ámbitos foráneos, a su constante búsqueda de la expresividad, al más alto nivel.

Collazo trabajó arduamente para terminar su última serie, Transcendent Series, que ilustra de manera profundamente plástica su adiós, su tránsito de lo terrenal a lo espiritual, obras todas entrelazadas con recuerdos, vivencias, rupturas, presentimientos y sueños, logradas en su lenguaje pictórico de profundo lirismo y hondura emocional. Aquí el arte de Collazo se consolida y nos brinda una pintura visceralmente enlazada con su sentido dramático de la vida. Sin llegar al pesimismo, sus visiones sondean las áreas profundas de su espíritu y desde sus silencios emerge, con tranquilidad, un claro sentido de triunfo ante el descenlace de la muerte.

Collazo inició su trayectoria artística a comienzos de los años setenta y desde ese momento, hasta su prematura partida, tuvo una limitada pero destacada participación en diversas exposiciones en los Estados Unidos. Sus vivencias en Nueva York fueron fundamentales no sólo para su desarrollo estético sino también para acrisolarlo emocionalmente e intelectualmente, ya que insuflaron en él la percepción de la capitalidad artística de esa gran urbe en el mundo contemporáneo.

Raphael no se unió a grupo alguno, ni participó en movimientos colectivos dentro del mundo del arte o de su comunidad, pensaba que no tenía que contemporizar con el medio social de la gran urbe. Siempre se mantuvo en su trabajo solitario cincelando su medio de expresión independiente, ampliando su constante investigación sobre la forma y el espacio, la pureza del color, la fuerza de la textura, eje donde aflora su estilo tan personal. La forma, de precisos contornos, el uso de colores puros e intensos, el predominio de su dibujo depurado aunque siempre nervioso, cargado, enlazando su pintura con estilos pasados pero utilizando procedimientos pictóricos modernos, la resonancia del color, la textura de gran relieve y los efectos dramáticos de profundo contraste, todos fueron recursos que llevaron su pintura a un alto grado de intensidad visionaria acentuada por una expresión impactante, visceral y vital.

"El acto de creación en sí mismo" nos advertía el grupo Cobra Europa en su manifiesto de 1948, "tiene mucha más importancia que el objeto creado, y éste gana en significación en la medida en que muestra las señales del trabajo que lo ha engendrado..."

Lo que ha sido hasta ahora solamente patrimonio de familiares, coleccionistas y amigos se convierte ahora, gracias a esta exposición retrospectiva del Museo de San Juan, en patrimonio común de los puertorriqueños. Y en el proceso, se nos revela la universalidad del arte de Raphael Collazo.


-- Nilda M. Peraza, Crítica de Arte, San Juan de Puerto Rico 1994


Fotografía de Portada

The Magic Is Back, 1986


Fuente

Catálogo, Raphael Collazo (1943-1990) Exposición Retrospectiva, Museo de Arte e Historia de San Juan, San Juan, Puerto Rico, 14 de diciembre de 1994-11 de marzo de 1995, Ernest Acker-Gherardino, curador.